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¿Jugando al Impostor?

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Por Liliana Zentella, Colaboradora de Empresa Positiva® y co-fundadora de la iniciativa Potencial Valiente.

No tiene mucho que esta palabra/concepto comenzó a formar parte de nuestra vida y estoy hablando del famoso síndrome del impostor, pero, antes de comenzar, quisiera que pienses y respondas la siguiente pregunta: ¿Cuántas veces has sido tu propio impostor? El silencio incómodo se hace presente y, seguramente, acabas de darte cuenta de que ha sucedido en bastantes ocasiones.

Entrando en materia, este concepto es nuevo para nuestra generación, pero realmente ha estado vigente desde finales de los años setenta, el cual es un fenómeno psicológico que genera en la gente el sentirse incapaz de asimilar sus logros y, de alguna forma, comienza a “sabotearse”, es decir, vivir con el miedo a ser descubierto y ser un fraude, lo que no representa una realidad.  

Pero este sentimiento es real y se vale sentirlo, sí, ya que en esta era que estamos viviendo, donde la competencia es fuerte y hasta cierto punto desleal, podemos llegar a pensar que no somos lo suficientemente buenos para crear ideas y ejecutar algún trabajo, o simplemente creemos que la gente a nuestro alrededor tiene más inteligencia o capacidad. La posibilidad de que así sea existe, pero jamás pensamos que, si estamos en el mismo lugar que esas personas que hasta cierto punto nos intimidan, es porque contamos con ese potencial que para alguien no fue indiferente, que lo vio en ti y es por eso estamos ahí. Por ello es importante aprender a identificar cuando intentan “dañar” nuestro pensamiento, no es lo mismo permitir que nuestra mente nos juegue una trastada en un momento crucial a que un ente ajeno lo haga. 

Seguramente no sabias que este síndrome afecta más a las mujeres que a los hombres, ya que ese sentimiento de desconfianza se hace presente creando una sensación de “…soy un fraude”, aun sabiendo que cuenta con la capacidad suficiente. Todo esto deriva también de momentos claves de la vida en los que en algún momento existió comparación, competencia, o presión del entorno familiar, es muy importante tratar de no transmitirlo a las nuevas generaciones.    

Ahora que entendemos un poco más de este tema, podemos trabajar mejor con la existencia de este famoso síndrome y, sobre todo, entender que puede pasarle a cualquier persona, lo más importante es saber que es algo que sí se puede controlar y que de alguna manera no es sano jugarle al impostor, en una de esas puede que nosotros compremos esa situación y se vuelva un ciclo interminable, y bastante tormentoso. Algo que puede suceder también es que la persona que lo está experimentando no tenga la claridad de lo que está pasando, y en realidad sienta que no tiene la habilidad o capacidad para hacer lo que sabe que realmente puede hacer.

Termino este texto con la idea de que en algún momento de nuestra vida nos hemos vuelto impostores y no, no me refiero al juego Among Us, famoso entre los niños de siete y doce años, si no a impostores reales, de esos que sienten un poco de paz mental, o satisfacción, al darse una palmada de aliento creyendo que es válido autosabotearse y vivir con ello, es decir, ver de forma normal y correcta que jugarle al impostor es un buen estilo de vida.

Me despido acompañada del sonido de una lluvia nocturna que me interrumpe y roba la concentración, ¡Obvio no! Es solo mi yo impostor queriéndome engañar jajaja.

“Cuando quieras lograr algo grande, negócialo con la mente, es el arma más fuerte que tiene el ser humano”.           

Liliana Zentella es co-fundadora de la iniciativa Potencial Valiente y es colaboradora editorial en Empresa Positiva® autora de diversos artículos de motivación y responsabilidad social.

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Sabes lo que vale tu dinero, hasta que te dicen que lo perdiste…

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Por Federico Vázquez Elizondo

Los contratos de inversión y negocios de riesgo, no son nuevos; generalmente contienen el ingrediente de “atractivos” rendimientos. Las nuevas propuestas de cripto y su auge, atraen a nuevos jugadores en la apuesta de tener mejores frutos que la banca tradicional de ahorro o de inversión “segura”.

Si te invitan a ser inversionista de un proyecto de alto rendimiento, siempre pregunta por tu contrato, y dentro de las condiciones, revisa el riesgo de perderlo todo, o en su caso, de poder recuperarlo.

Es común escuchar el refrán “el que no arriesga, no gana”, solo agregaría, para arriesgar en la vida, debes haber “entrenado” tus habilidades para reaccionar de inmediato ante el riesgo inminente, eso opera para tus actividades que impliquen un contrato, (incluido el matrimonio, sin “noviar” primero, asumes todos los riesgos).

Lee siempre tus contratos, y si te da flojera, acércate con los profesionales antes de poner en riesgo tu patrimonio.

El autor es Director de Grupo Santa Sofía, cuenta con un Doctorado en Administración Internacional, Maestría en Derecho de las Telecomunicaciones y TICs, así como una Maestría en Derecho de los Negocios.

Federicovazquez@gruposantasofia.com

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La universidad de la vida

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Por Dr. Francisco Cuauhtémoc Frías Castro.

Hace varios años, en el contexto de una campaña política, un líder obrero, expresó que él no tenía título universitario, agregando que se había formado en lo que denominó “Universidad de la vida”. Reflexionando sobre esta expresión, desde luego, la interpreté en distintas maneras; en forma inicial pensé que el personaje político intentó con la frase aludida, justificar ante la sociedad su falta de estudios universitarios, aún cuando el cargo no requería de título académico alguno; después creí que se trataba de colocar el factor experiencia como elemento esencial de quien aspira a ocupar un cargo público; hoy, con el transcurrir de los años, estoy convencido que esa expresión tiene un significado más profundo y de mayor impacto en la formación integral de las personas, incluso sobre la formación académica.


Agrego que para llegar a esta conclusión, lo hago incluyendo en mi personal consideración, la reflexión sobre otra expresión, aludida con cierta frecuencia en el ámbito educativo, sobre todo al estar frente a padres de familia, esta expresión es “el hogar es la primera escuela y esta (la escuela), es el segundo hogar”.

Estoy consciente de que ambas expresiones tienen para cada persona, múltiples interpretaciones, sin embargo, el ámbito de consideración es tan amplio, tanto como el concepto mismo de educación, que solo me ocuparé del que a mi juicio es importante precisar, que es el que se refiere a los “buenos hábitos”.

Sin duda que el término educación es tan amplio y complejo, que incluye los aprendizajes escolares y también los que se adquieren en el hogar y en la convivencia social. El deslinde de cada ámbito no es tarea fácil, mucho menos asunto concluido; dicho lo anterior, cito expresiones que nos ilustran sobre este tema, atribuidas al ex presidente de Uruguay José Mujica, “no le pidamos al docente que arregle los agujeros que hay en el hogar”, agregando, “En la casa se aprende a: saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad y la propiedad ajena, ser organizado y, continúa, en la Escuela se aprende: matemáticas, lenguaje, ciencias, estudios sociales, inglés, geometría y se refuerzan los valores que los padres y madres han inculcado a sus hijos.” Hasta aquí la cita.


En otras palabras, el legado de padre y madre, se sustenta en su propia herencia, recibida de sus progenitores, y es lo que acompaña al concepto “Universidad de la Vida”, siendo tan o más importante que el aprendizaje escolar en la formación de cada persona.


Hoy, el sistema educativo está en el centro del debate nacional respecto de aspectos que poco impactan la calidad educativa, sin ocuparse de la parte del aprendizaje extra escolar, sustancial en la formación de los educandos. Corresponde a padres y madres cumplir con su parte y sentirse graduados de la “Universidad de la vida”.

El autor es Doctor en Derecho con amplia experiencia en el sector público y privado.

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Sé una persona positiva y sé optimista

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Por Jorge Cárdenas

Alguna vez escuché la frase, como la del titulo de esta lectura: “Sé una persona positiva y sé optimista”… ¿pero realmente que es ser positivo? ¿acaso ser optimista influye en mejor forma en nuestra vida?


Todos buscamos lo mejor para nosotros pero, ¿que tanto hacemos para cambiar nuestra situación o sencillamente estamos consientes de que nuestra actitud ante la vida puede influir para bien o para mal nuestra existencia?

Primeramente definamos que es “ser positivo” y que es “ser optimista” entonces podremos comprender si son sinónimos o si realmente existe alguna diferencia entre estos dos términos que escuchamos muy a menudo.

Sin entrar en detalles técnicos, esto sería para mi lo que es el ser “positivo”: Es alguien que ve lo agradable del todo, vive y siente el presente, sabe que no todo es perfecto, preciso, pero sin embargo, ve o busca la oportunidad, para aprovecharla y tener un mejor futuro. Tener una mentalidad positiva es sinónimo de fortaleza mental. Es tener flexibilidad y estar consiente que se puede presentar un cambio, un aprendizaje en cada situación, en pro de seguir avanzando, para así lograr el objetivo previamente establecido. Ser positivos es estar consiente que la estabilidad no existe, en cualquier momento se puede presentar el caos, entonces una persona positiva buscará resolver de mejor manera para así convertirlo en experiencia.


Si pudiera mostrar un ejemplo, como arquitecto sería este: Mi cliente me contrata para elaborar su proyecto. Estoy consiente de que puede haber cambios. Tal vez el resultado no será el que como arquitecto haya pensado desde un inicio pero estaré abierto a recibir nuevas opiniones que dentro de mi burbuja de arquitecto no podía ver. Entonces trataré de publicar y promocionar el resultado del proyecto para atraer nuevos prospectos.

En cambio, “ser optimista” es crear expectativas donde todo “está bien”. Se vive en un mundo irreal donde se desea la perfección, donde no ocurra nada no planeado. No existe el “plan b”. Ser optimista no acepta flexibilidad porque -en teoría- todo “saldrá bien”. Todo es cuadrado y no existe el constaste de colores, ni siquiera entre el blanco y el negro, solo desea que sea el tono que lo conforte según sus planes. El optimismo tiene como frontera una línea muy delgada el deseo y la frustración.
Mostrando el mismo ejemplo anterior. “Ser optimista” sería algo así: El cliente quiere un proyecto. Deseo que el cliente acepte mi propuesta. No habrá cambios y el resultado final será tal como me lo imaginé. Siendo optimista, tendré más clientes y todo “saldrá bien”.

Entonces, ¿que actitud debemos tomar ante la vida? “Ser positivo”, “ser optimista” ¿o ambas?
Ambas definitivamente se descarta porque entre los dos términos se contradicen. Ambos actitudes pueden coexistir con apenas rozarse pero sin llegar a mezclarse. Entonces, ¿preferimos vivir en un mundo real o en un mundo de deseos donde todo estará bien? Ambas son actitudes completamente válidas pero la primera te prepara mejor ante la vida. Te crea una armadura mental. Eres un imán para las demás personas. Aun así, nunca criticaré el optimismo, porque alguna vez cada uno de nosotros deseamos que todo “salga bien”. Al fin y al cabo ese es el propósito de nuestra vida: Que al final de nuestro tiempo todo “salga bien” para nosotros y los nuestros.

Me rebota esta frase una y otra vez en mi mente: “Sé una persona positiva y sé optimista”. Trato de ser “positivo” pero evito ser “optimista”. Trato de abrirme al hecho que puedo resolver cada situación conforme se vaya presentando pero intento no hacerme expectativas de cómo pueden suceder las cosas. Entiendo de que no todo “saldrá bien” pero estoy consiente que aprenderé y seré mejor persona para así aprovecharlo en un futuro.

Y tu, ¿quieres “ser positivo” o “ser optimista”?

Jorge Cárdenas

Jorge Cárdenas es arquitecto, fundador y actual director de Diez y Nueve Grados Arquitectos. Empresa dedicada al diseño y construcción de diversos proyectos inmobiliarios. Es egresado de Lic. de Arquitectura en la Universidad Regiomontana.

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